jueves, 1 de octubre de 2015

Octubre...

 He andado ausente durante estas últimas semanas, entre que mi conexión a internet no es lo rápida que me gustaría que fuera y que he andado bastante ocupada; me he desconectado del mundo tecnológico…

El día de hoy empieza mi época favorita del año; y es que durante los últimos días de septiembre algo empieza a cambiar en el ambiente, es algo aparentemente imperceptible pero que está ahí,  los días comienzan a volverse cortos y fríos; y es como si de repente un velo se descubriera para permitirme entrar en otra dimensión,  en otro mundo;  en mi mundo…



 Desde niña me ha pasado esto, y bueno; en ese entonces no entendía muy bien el porqué me gustaban tanto los últimos meses del año; pensaba que era porque después de la celebración del Día de Muertos (en casa no celebrábamos Halloween y mucho menos Samhain) venía mi cumpleaños y luego Navidad…

Halloween y Día de Muertos han sido desde siempre mis festividades favoritas, para mí era de lo más fascinante observar todo el ritual y la ceremonia que empleaban las personas en armar los altares y las ofrendas para sus difuntos, y bueno, como los mexicanos tenemos una muy particular forma de ver y celebrar a la muerte en estas fechas, con un estallido de alegres colores, eso en mi mente de niña, era de lo más bonito y festivo.



 Recuerdo que para mi ir a los mercados en esas fechas era como entrar al País de las Maravillas, todo era naranja, negro y morado con toques de rojo, azul, rosa, verde y amarillo; el aroma del copal y los cirios y veladoras quemándose, mezclados con los del pan y los dulces ; me alteraban la conciencia y me transportaban a otros tiempos; aún hoy cuando quemo copal en un brasero, la primera imagen que viene a mi mente es la de esos mercados de mi infancia, de la misma forma que el aroma de las hojas secas de los árboles quemadas me recuerda la casa de mi bisabuela, pero esa es otra historia.



 Los panteones por otro lado siempre han ejercido sobre mí una muy particular fascinación, recuerdo que cuando era niña y me mandaban a algún mandado, solía desviarme y pasarme unos 10 o 15 minutos por el panteón del pueblo (más tiempo no se podía, que si no me ponían una regañina marca Yépez con chilillazo/fuetazo incluido). A veces también solía decir en la escuela que se me había olvidado algún libro o la costura en casa, solo para pasarme a ver el atardecer en el panteón; siempre se me han hecho lugares lleno de paz, perfectos para meditar, donde lo único que se escucha es el sonido del viento y de las ramas de los árboles; y los trinos de las aves. En fin, las festividades del Día de Muertos me permitían ir al panteón sin que nadie se hiciera preguntas innecesarias sobre mi muy personal gusto por estos lugares…


 Y bueno, yo aún tenía el pan de muerto y las calaveritas de azúcar atravesados en la panza, cuando llegaba mi cumpleaños; aunque siempre fantaseaba que me hubiese encantado nacer el 31 de Octubre, no entendía del todo mi fascinación con esa fecha; unos años más tarde, en pleno descubrimiento de lo que he sido y de lo que soy es que logré entender el porqué de muchas de la “rarezas” y peculiaridades que me dieron tanto a notar y a la vez me aislaron cuando era una niña y sobre todo preadolescente. 

 El asunto de los cumpleaños lo he superado, de hecho de unos cinco años a la fecha ya no me entusiasma tanto celebrarlos, el hecho de que me feliciten por estar un año más vieja, no es algo que me entusiasme en lo absoluto; aparte de que nunca he llevado muy bien lo del contacto físico con personas que no sean de mi familia más cercana, así que el asunto de los abrazos, tampoco es algo que me encante. Y como hay algo de Peter Pan en mí, y no me gusta la idea de envejecer, el hecho de que lo celebren, comenten, y encima de todo no den regalo; no me gusta para nada, así que prefiero pasar ese día por alto y seguir fingiendo que tengo 25 je,je…


 Navidad me gustaba más que nada por el asunto de los regalos y de que había comida para dar y repartir, recuerdo especialmente la ensalada de frutas  a la cual yo de contrabando le agregaba un buen chorro de rompope a mi porción, y el ponche de frutas, con piquete incluido,por supuesto; el cual también daban en los funerales del pueblo con el curioso nombre de té con té; que puedo decir, soy rara, materialista, tragona y algo borrachina.


 Fuera de eso y de era la época más fría del año, la Navidad no tenía un significado especial para mí, me llamaban la atención un poco los arbolitos y tal vez los renos y muñecos de nieve, pero nada de eso ponían en casa, así que yo tenía que conformarme con un frugal nacimiento, el cual ponía con especial esmero solo porque  el pozo la mañana de Navidad amanecía lleno de monedas, y porque era el lugar donde me dejaba “Santa” los juguetes; suerte que el catolicismo de mi familia era solo para decir que tenían alguna religión en particular y no me llevaron a la famosa misa de Gallo más que en un par de ocasiones, en las cuales como siempre que me obligaban a entrar en una iglesia, terminaba dormida. Mis fantasías sobre una chimenea con un tronco ardiendo en ella, se quedaban dentro de mi mente; además, contaba yo con las hogueras del patio para danzar alrededor de ellas.


 Con Enero llegaban los “Reyes”, lo cual para mí significaba más juguetes y comida y con los primeros días de Febrero, la Candelaria y los tamales, llegaba a su fin mi época favorita del año, los días comenzaban a hacerse más largos y cálidos y yo comenzaba a añorar con que llegara Octubre, otra vez…



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